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Las elecciones parlamentarias de Israel del 27 de octubre de 2026, destinadas a elegir la 26.ª Knéset, no arrojaron un ganador claro según los sondeos a boca de urna publicados tras el cierre de las urnas. El resultado generó un empate político en el que ninguno de los dos grandes bloques alcanza los 61 escaños necesarios para formar mayoría en la cámara de 120 asientos.

Se trata de la primera elección nacional desde los atentados de Hamás del 7 de octubre de 2023 y las guerras en múltiples frentes que le siguieron. La participación fue alta: alrededor del 74 % hacia el final de la jornada, una de las cifras más elevadas en varias décadas, reflejo de una intensa movilización ciudadana.
Radiografía de los sondeos a boca de urna
Las principales cadenas (Kan 11, Canales 12 y 13, e i24NEWS) coincidieron en líneas generales:
- El Likud de Benjamín Netanyahu se mantiene como el partido individual más grande, con entre 24 y 27 escaños (un sondeo del Canal 14 lo elevaba hasta cerca de 30).
- Yashar, liderado por el exjefe del Estado Mayor Gadi Eisenkot, obtiene entre 19 y 23 escaños.
- El bloque de derecha y religioso de Netanyahu (Likud + Shas, Judaísmo de la Torá Unida, Otzma Yehudit y aliados del Sionismo Religioso/Zehut) se sitúa en torno a los 50 escaños (un sondeo atípico del Canal 14 se acercaba a 60).
- El bloque de oposición o “del cambio” encabezado por Eisenkot (Yashar + B’Yachad/Naftali Bennett, Demócratas/Yair Golan e Yisrael Beiteinu/Avigdor Liberman) suma entre 50 y 53 escaños.
- Los partidos árabes (Lista Conjunta + Ra’am) logran un fuerte resultado conjunto de 16 a 18 escaños, su mejor desempeño en años, impulsado por una elevada participación árabe.
Los recuentos oficiales aún estaban pendientes. Se esperaban resultados preliminares en las horas siguientes y el escrutinio formal definitivo en torno al 4 de noviembre. Históricamente, los sondeos a boca de urna han divergido en ocasiones de los resultados finales.
Impacto político inmediato
Ninguna de las dos fuerzas tiene un camino sencillo hacia los 61 escaños. Los partidos árabes emergen como posibles reyes, aunque la mayoría de los líderes sionistas de la oposición (especialmente Liberman) han descartado coaliciones formales con ellos. Solo se han mencionado apoyos externos limitados o fórmulas de minoría.
Los socios de extrema derecha y ultraortodoxos de Netanyahu siguen siendo imprescindibles para sus números, pero imponen sus propias condiciones (entre ellas, las exenciones del servicio militar para los haredíes).
El presidente Isaac Herzog consultará a los líderes de los partidos y encargará a alguien —no necesariamente al jefe del partido más votado— la tarea de formar gobierno. Las negociaciones podrían prolongarse semanas. Un fracaso abriría la puerta a nuevas elecciones, con Netanyahu permaneciendo como primer ministro en funciones.
Consecuencias
La incertidumbre prolongada mantiene a Netanyahu en el cargo con amplios poderes, incluidos los de seguridad, en un momento de tensiones regionales persistentes (Irán, restos de la situación en Gaza y amenazas en el norte). Un gobierno en funciones limita las reformas domésticas de calado.
La votación funcionó en parte como un referéndum sobre el liderazgo de Netanyahu en tiempo de guerra y sobre la rendición de cuentas por el 7 de octubre. Figuras de la oposición reivindicaron una “victoria” del campo anti-Netanyahu y reclamaron cambios, incluida una comisión de investigación estatal y un servicio militar más universal. La alta participación y el avance árabe dibujan un electorado polarizado pero movilizado. Las cuestiones judiciales, de reclutamiento y sociales siguen siendo focos de tensión.
Entre los escenarios posibles figuran un gobierno minoritario frágil (con apoyo externo árabe), el trasvase de partidos entre bloques, una unidad nacional o rotación (poco probable ante la negativa de Eisenkot a servir bajo Netanyahu) o un nuevo bloqueo que lleve a elecciones anticipadas. Los analistas señalan tres riesgos principales: el estancamiento, el gobierno minoritario o una unidad incómoda.
En política exterior y de seguridad, la doctrina dura frente a Hamás, Irán y Hezbolá, junto con el escepticismo ante un Estado palestino rápido, es compartida en gran medida por los grandes bloques. Por tanto, los cambios en política exterior podrían ser modestos. Las diferencias internas serían más marcadas bajo un gobierno liderado por Eisenkot (pausa a la reforma judicial, impulso al servicio universal y atención al costo de la vida). La influencia de la extrema derecha permanecería fuerte si Netanyahu logra recomponer su coalición.
En el plano regional e internacional, los aliados —incluida Estados Unidos— enfrentan un período de limbo político israelí. Cualquier cambio de tono o prioridades en el liderazgo podría incidir en los arreglos de Gaza, la estrategia frente a Irán o los esfuerzos de normalización, aunque los intereses de seguridad centrales no se revertirían de forma inmediata. La elevada participación árabe podría influir también en las relaciones interno-israelíes con la población árabe.
Conclusiones
La elección puso de relieve la profunda polarización y la dificultad de construir mayorías estables en el fragmentado sistema proporcional israelí. La resiliencia personal de Netanyahu —el primer ministro con más años en el cargo— y del Likud como partido más grande contrastan con la ventaja numérica de la oposición y el deseo público de rendición de cuentas tras el 7 de octubre. El fortalecimiento de los partidos árabes introduce una variable nueva.
El desenlace final dependerá más de la habilidad negociadora que de los totales de escaños en bruto. Israel se enfrenta a semanas (o más) de maniobras políticas que condicionarán la gobernabilidad, las decisiones de seguridad y la cohesión social en un momento regional delicado. Los resultados oficiales y el mandato que otorgue el presidente definirán la siguiente fase.
