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El 24 de septiembre de 2025, aproximadamente a las 18:21 hora local (22:21 UTC), un terremoto de magnitud 6,2 sacudió el norte de Venezuela, con epicentro a unos 24 km (15 millas) al este-noreste de Mene Grande, en el estado Zulia.

El sismo se produjo a una profundidad de unos 8 km (5 millas), lo que amplificó su intensidad en toda la región. Fue registrado por el Servicio Geológico de Estados Unidos (USGS) y el Centro Sismológico Europeo-Mediterráneo (EMSC), con temblores de hasta intensidad VIII (severa) en la escala de intensidad de Mercalli Modificada en zonas cercanas.


Este evento es notable, ya que los terremotos fuertes son poco frecuentes en Venezuela, a pesar de que el país se encuentra en la frontera sísmicamente activa entre las placas del Caribe y Sudamérica. Impacto

El terremoto afectó principalmente al noroeste, una zona escasamente poblada y rica en petróleo, incluyendo partes del estado Zulia, cerca de Maracaibo.
Sin embargo, los temblores se sintieron ampliamente en ciudades importantes como Caracas (a más de 600 km al este) y al otro lado de la frontera con Colombia. Aproximadamente 11 millones de personas en Venezuela experimentaron temblores de diversa intensidad, con efectos más leves en Colombia y Aruba.

No se han reportado víctimas ni heridos confirmados hasta el 25 de septiembre de 2025. Las evacuaciones se produjeron espontáneamente en zonas urbanas debido al pánico, pero la distancia del epicentro probablemente minimizó los daños directos.
Daños Estructurales y de Infraestructura: Algunos informes indican daños localizados, incluyendo:

Colapso parcial de la fachada de un edificio comercial en la zona de la Costa Oriental del Lago, en Zulia.
Daños en la histórica aguja de la Iglesia Santa Bárbara en Maracaibo.
Grietas menores en edificios y carreteras en Mene Grande y zonas rurales circundantes.

Las estimaciones del USGS sugieren un riesgo bajo a moderado (entre 10 y 100 muertes potenciales en el peor de los casos), pero las evaluaciones actuales no muestran una destrucción generalizada. Las estructuras vulnerables de adobe y mampostería no reforzada en la región contribuyeron a las vulnerabilidades localizadas.
El USGS alertó sobre un posible riesgo de tsunami debido a la poca profundidad y la proximidad a la costa, pero no se materializaron olas y las alertas se levantaron rápidamente. No se reportaron deslizamientos de tierra ni incendios.


Imágenes en redes sociales capturaron escenas caóticas. Residentes huyendo de sus casas y oficinas, lámparas de araña balanceándose en apartamentos de Caracas y productos cayendo en tiendas.
Estimaciones preliminares estiman pérdidas inferiores al 1% del PIB de Venezuela, principalmente por reparaciones menores a la infraestructura petrolera y propiedades comerciales en Zulia (un centro petrolero clave).
No se observaron interrupciones en la producción petrolera nacional, aunque se están realizando inspecciones. Un impacto generalizado en el turismo y el comercio local de Maracaibo podría generar costos menores.
La alarma generalizada provocó evacuaciones temporales y un aumento de la ansiedad, agravada por la inestabilidad económica de Venezuela y la escasez de recursos de emergencia. En un país con desafíos humanitarios persistentes, esto podría sobrecargar los sistemas de salud y alojamiento, ya sobrecargados, si persisten las réplicas.
No se reportaron derrames significativos ni daños ecológicos, aunque la actividad sísmica en los yacimientos petrolíferos justifica la vigilancia de posibles impactos en las aguas subterráneas.
Los temblores en Colombia provocaron breves evacuaciones en localidades fronterizas, pero sin consecuencias transfronterizas. Las ofertas de ayuda internacional siguen en suspenso, pero hasta el momento no han sido necesarias.
El evento pone de relieve la vulnerabilidad sísmica de Venezuela, con más de 950 sismos de magnitud 4+ en la última década en un radio de 300 km, aunque se producen grandes sismos destructivos (de magnitud 7+) aproximadamente cada 38 años.
Este terremoto de magnitud 6.2, aunque potente, causó impactos relativamente contenidos gracias a su epicentro rural y a la ausencia de un impacto urbano importante, lo que contrasta con los eventos históricos más mortíferos de Venezuela, como el terremoto de Caracas de 1812 (con más de 10,000 muertes estimadas).
Sirve como un recordatorio crucial de la exposición del país: el 80% de la población vive a lo largo de un estrecho cinturón sísmico, con muchas estructuras sin preparación para temblores.
Los largos intervalos entre eventos fomentan la complacencia, pero los expertos enfatizan la modernización, los sistemas de alerta temprana y los simulacros públicos para mitigar riesgos futuros.
Las autoridades han instado a los residentes a evitar los edificios dañados y a preparar kits de emergencia. El monitoreo continuo del USGS predice una baja probabilidad de réplicas, pero se recomienda estar alerta.
A nivel mundial, esto coincide con la elevada actividad sísmica de 2025 (por ejemplo, terremotos mortales en Asia y Latinoamérica), lo que resalta la necesidad de infraestructura resiliente en los países con límites de placas tectónicas. No se esperan cambios geopolíticos a largo plazo, pero podrían impulsar una renovada inversión en la preparación de Venezuela para desastres en medio de problemas económicos.

