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El lienzo de la historia dominicana se pinta con óleo de nostalgia, pero también con la implacable búsqueda de la verdad. Este martes 14 de julio de 2026, los micrófonos del programa matutino Zol de la Mañana se convirtieron en el escenario de una profunda catarsis cultural. Miguel Núñez, el artista que ha consagrado su pincel a la identidad patria bajo el título del “Pintor de la Nación”, compareció ante la audiencia para abrir el taller de su memoria y defender, con la vehemencia de quien custodia un tesoro sagrado, la fisonomía auténtica de Juan Pablo Duarte, el Padre de la Patria.

La conversación, que fluyó entre la anécdota íntima y el análisis estético, tuvo como eje central la célebre “Colección Bicentenario” y otras tantas piezas que Núñez ha parido a lo largo de su trayectoria. El origen de su obsesión creativa no es un misterio de la imaginación, sino un rastro de luz impreso en el pasado: el daguerrotipo de 1873, la única fotografía real y verificada del patricio, capturada por el lente de Próspero Rey en el exilio de Caracas. En esa imagen, recuperada para el suelo dominicano en 1884 gracias a los desvelos de su hermana Rosa, Duarte cuenta ya con sesenta años; es un hombre gastado por la geografía del destierro, de mirada profunda y complexión frágil.
Para Núñez, ese rostro cansado no es el final de la historia, sino el punto de partida de un acto de justicia poética. “Yo parto de esa foto para rejuvenecerlo y humanizarlo, para mostrarlo como un hombre de carne y hueso, rodeado de libros, en poses pensativas o con símbolos nacionales”, confesó el maestro con una sensibilidad que conmovió a los conductores del espacio. Su técnica consiste en desandar el tiempo sobre la tela, devolviendo al prócer la lozanía de la juventud sin alterar los rasgos verdaderos de su cráneo y sus facciones. El propósito es urgente: heredar a las nuevas generaciones un héroe cercano, un ciudadano de mirada accesible, despojando al mito de aquellos retratos inventados y fisonomías europeizadas que la dictadura de Trujillo y las academias complacientes impusieron durante décadas para construir un semidiós de mármol frío.
El pulso del pintor no tiembla al momento de señalar los extravíos de la estatuaria pública. Núñez fue crítico y directo al evaluar ciertas representaciones contemporáneas que adornan la geografía urbana. Al evocar, por ejemplo, la escultura que preside la Plaza de la Bandera, el artista lamentó una ejecución que a su juicio muestra a un Duarte excesivamente avejentado y debilitado, desprovisto de la energía vital que encendió la chispa trinitaria. Para el creador, el verdadero desafío del arte público radica en sostener un equilibrio milimétrico: respetar la evidencia científica del registro histórico sin diluir el magnetismo simbólico e inspirador que el fundador de la República debe ejercer sobre el alma nacional.
A lo largo de la entrevista, el pintor evocó con reverencia las sombras tutelares que guiaron su vocación. Recordó la influencia de su maestro Cándido Bidó, de quien heredó el compromiso con el color y el destino de su pueblo, y rescató la visión del escritor y expresidente Juan Bosch, cuyas tesis históricas moldearon su aproximación rigurosa al pasado. “No se trata de romantizar, sino de preservar la verdad histórica”, enfatizó Núñez, resumiendo en una frase el manifiesto que dirige su pulso.
Aunque los ecos de la entrevista apenas comienzan a expandirse por las redes y los mentideros culturales de la capital, la intervención de este creador reafirma su lugar indiscutible en la iconografía moderna de la República Dominicana. El Duarte de Núñez no habita en la marginalidad del olvido; sus cuadros custodian las paredes de las altas instituciones del Estado, desde el Congreso Nacional y la Junta Central Electoral hasta el Archivo General de la Nación, una labor oficial que ya le ha valido el reconocimiento y homenaje del Senado de la República.
La propuesta de Núñez, sin embargo, abre un debate que trasciende las fronteras del marco y el óleo. En la sociedad dominicana coexisten tensiones silenciosas frente a su obra: mientras una corriente de intelectuales y ciudadanos aplaude el retorno al realismo fotográfico de 1873, otros sectores, apegados a la nostalgia del héroe inmaculado de las escuelas decimonónicas, observan con recelo unas versiones que, según sus criterios, amenazan con humanizar en demasía la leyenda.
Al cerrar la transmisión, quedó en el aire una certeza de indudable valor educativo. Más allá de las naturales polémicas estéticas, la propuesta del “Pintor de la Nación” obliga a una reflexión colectiva sobre la manufactura de nuestros símbolos patrios. Miguel Núñez se erige hoy como un puente necesario entre la frialdad del documento histórico y la calidez de la emoción artística, regalando a los dominicanos del siglo XXI la oportunidad de mirar a los ojos, por fin, al Duarte verdadero.
