El sol aún no asomaba por completo en el municipio de San Luis cuando Leidy Ramírez ya sentía el peso de la incertidumbre en el pecho.

Madre de una niña de 12 años, su rutina diaria no se medía en horas, sino en la tensión de un teléfono que guardaba en el bolsillo como una amenaza latente.
“Voy al trabajo esperando a que me llamen para decirme que la escuela se derrumbó”, confesaría más tarde con la voz quebrada por el desvelo.
Su hija pertenece a la Escuela Básica Gregorio Luperón, un recinto que hoy no alberga promesas de futuro, sino el eco de un peligro inminente.
El centro educativo es el segundo hogar de 500 estudiantes. Al inicio de aquel verano, las aulas quedaron vacías bajo una promesa oficial: las autoridades reconstruirías las instalaciones, vencidas por años de abandono y deterioro.
Los padres regresaron a casa con el alivio de una tregua. Sin embargo, el tiempo corrió con la velocidad de la burocracia y, a tan solo un mes del regreso a clases, el silencio de las maquinarias que nunca llegaron confirmó el olvido.
La reconstrucción ni siquiera había comenzado. El paso del tiempo y el descuido se leen en las paredes del plantel como cicatrices abiertas. Grietas profundas y extensas desgarran la fachada exterior e interior del edificio, exponiendo las venas de una estructura exhausta.
Para Leidy, el peligro dejó de ser una suposición abstracta el día en que el techo de un aula cedió, dejando caer pedazos de cemento directamente sobre el pupitre de su hija.
La niña sobrevivió al impacto, pero el miedo se instaló en su hogar. No hay vocación educativa que justifique exponer la vida de un hijo a semejante ruina.
Detrás del escritorio de la dirección, Magdalena Gómez Mancebo sostiene los papeles que oficializan la gravedad de la situación. Como directora del centro, su mirada oscila entre la indignación y la impotencia.
El propio Departamento de Infraestructura Escolar firmó la sentencia del lugar: el edificio está aprobado para demolición. “Según el documento que tengo aquí, está aprobada la demolición y una sala móvil para poder dar clases”, explica la educadora, consciente de que los papeles no sostienen techos.
A su alrededor, el rumor de los padres movilizados crece día a día; el calendario avanza implacable hacia el inicio de la docencia y las aulas móviles siguen siendo un fantasma.
La súplica de la directora es un grito de auxilio desesperado dirigido a los despachos gubernamentales. “El edificio cada día más se está debilitando, se está cayendo a pedazos”, advierte con la urgencia de quien vigila una bomba de tiempo.
Su deber como docente ha sido enviar pruebas, fotografías y documentos para salvar vidas antes de que sea tarde. “No queremos poner a un niño en riesgo. Por favor, lo más rápido posible, esta escuela está en un estado crítico”.
La respuesta oficial llegó encarnada en la figura del arquitecto Rodolfo Colón, representante de Infraestructura Escolar. Tras una inspección técnica, sus conclusiones arrojaron un balde de agua fría sobre las esperanzas de la comunidad.
El suelo sobre el que se cimienta la escuela es inestable y no existen soluciones inmediatas.
El diagnóstico preliminar fue categórico: los edificios están “muy afectados” y repararlos costaría más que levantarlos de nuevo desde los cimientos.
La demolición es el único camino seguro.Sin embargo, la alternativa de las aulas móviles prometidas por la dirección también se desmoronó bajo el criterio técnico.
Colón dudó de la viabilidad de instalar estructuras provisionales en un terreno tan inseguro, calificándolo como una inversión perdida.
La única salida viable en su horizonte es el traslado de los 500 alumnos a centros cercanos, una diáspora escolar que fragmentará a la comunidad.
Mientras las decisiones se dilatan en los escritorios ministeriales, el patio de la escuela básica Gregorio Luperón se llena diariamente de siluetas. Son los padres de los 500 niños, quienes caminan entre las grietas buscando una respuesta que nadie sabe darles. En San Luis, el inicio del año escolar no se espera con la ilusión de los cuadernos nuevos, sino con la mirada fija en un techo que amenaza con caer.
