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Las elecciones generales costarricenses de 2026, celebradas el 1 de febrero de 2026, dieron como resultado una decisiva victoria en primera vuelta para Laura Fernández Delgado, del gobernante Partido del Pueblo Soberano (PPSO), un partido populista conservador.
Con más del 80% de los votos escrutados, Fernández obtuvo aproximadamente el 49% de los votos, superando el umbral del 40% necesario para evitar una segunda vuelta.

Su principal oponente, Álvaro Ramos, del Partido Liberación Nacional (PLN), obtuvo alrededor del 33% y reconoció su derrota al inicio del recuento.
Este resultado marca la continuación del gobierno populista de derecha iniciado bajo el presidente saliente Rodrigo Chaves, para quien Fernández se desempeñó como jefe de gabinete y ministro de Planificación.
Las elecciones se caracterizaron por una alta apatía electoral, con tasas de abstención proyectadas en torno al 40%, y estuvieron dominadas por la preocupación por el aumento de la violencia relacionada con el narcotráfico, la desigualdad y el estancamiento económico.
La campaña de Fernández enfatizó medidas duras contra el crimen, inspiradas por el presidente de El Salvador, Nayib Bukele, junto con promesas de creación de empleo, reformas de las pensiones y sentencias penales más estrictas.
La victoria de Fernández consolida el control de la PPSO en el poder, lo que podría permitir la continuidad política del gobierno de Chaves, que ha priorizado la retórica antisistema y las medidas de seguridad.
Fernández hizo campaña para obtener una supermayoría en el Congreso (al menos 40 de los 57 escaños) para permitir cambios como la reelección presidencial consecutiva y reformas judiciales.
De lograrse, esto podría centralizar el poder ejecutivo, lo que genera preocupación por la erosión democrática, ya que los críticos argumentan que podría conducir a una autoridad sin precedentes y debilitar los controles y contrapesos.
En cuanto a la libertad de prensa y las libertades civiles, la victoria podría exacerbar las tensiones existentes. La era de Chaves ha sido testigo de la hostilidad hacia los medios de comunicación, incluyendo la reducción de la publicidad estatal para medios críticos y presiones legales sobre periodistas.
La continuidad de Fernández podría profundizar esta situación, fomentando un “ambiente hostil” que desalienta el periodismo independiente y reduce la participación ciudadana, lo que podría provocar daños irreversibles a las instituciones democráticas si aumenta la desconfianza en el sistema.
La oposición fragmentada, dividida entre 20 candidatos, pone de manifiesto el desencanto político persistente, con más de una cuarta parte de los votantes indecisos antes de las elecciones.
Esto podría resultar en una legislatura más dividida, lo que dificultaría la aprobación de la reforma a pesar de los avances de la PPSO y alejaría aún más a los votantes en ciclos futuros.
La seguridad fue el tema clave de las elecciones, con Costa Rica experimentando tasas récord de homicidios debido al narcotráfico.
El enfoque de Fernández, al estilo de Bukele, que incluye propuestas de estados de excepción y penas más severas, podría conducir a reducciones de la delincuencia a corto plazo, pero con el riesgo de abusos de derechos humanos, como se vio en El Salvador.
Las consecuencias incluyen posibles mejoras en la percepción de seguridad pública, un impulso al turismo y la inversión, pero también una mayor división social si las medidas afectan desproporcionadamente a las comunidades marginadas en un contexto de creciente desigualdad.
La apatía y la desigualdad del electorado podrían agravarse si las reformas no abordan las causas fundamentales, como la disparidad económica y el desempleo juvenil, lo que provocaría un malestar social sostenido o la emigración.
En términos económicos, la victoria respalda la continuidad de la disciplina fiscal, con una inflación estable y una apreciación monetaria bajo el gobierno de Chávez.
Sin embargo, el crecimiento sigue siendo limitado, obstaculizado por problemas de competitividad, la lenta expansión del crédito y los desafíos de la deuda pública.
Las promesas de Fernández de reformar las pensiones y crear empleo podrían estimular la demanda interna, pero un Congreso fragmentado podría frenar el progreso.
En el ámbito externo, la vulnerabilidad a las políticas estadounidenses es considerable: los posibles aranceles a los equipos médicos bajo la administración Trump podrían perturbar el auge exportador de Costa Rica, exacerbando la sensibilidad a los riesgos globales. En general, la economía podría mantener la estabilidad, pero enfrentaría un crecimiento limitado sin reformas audaces.
La victoria de Fernández representa un mandato para una gobernanza populista y centrada en la seguridad, lo que refleja la frustración ciudadana con la delincuencia y los partidos tradicionales.
Si bien podría generar beneficios tangibles como la reducción de la violencia y la estabilidad política, los riesgos de retroceso democrático, la restricción de la libertad de prensa y la desigualdad no abordada plantean importantes amenazas a largo plazo.
Costa Rica, que alguna vez fue un modelo regional de estabilidad, podría virar hacia un modelo más autoritario si las reformas otorgan un poder excesivo al ejecutivo.
Los próximos años pondrán a prueba si este enfoque restaura la confianza ciudadana o profundiza las divisiones, con factores externos como las políticas comerciales estadounidenses que aumentan la incertidumbre.


