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El 23 de enero de 2026, delegaciones de Estados Unidos, Rusia y Ucrania se reunieron en Abu Dabi, Emiratos Árabes Unidos, para las primeras conversaciones trilaterales desde que Rusia invadió Ucrania a gran escala en febrero de 2022.

Estas conversaciones, organizadas por los Emiratos Árabes Unidos y facilitadas por enviados estadounidenses, entre ellos Steve Witkoff y Jared Kushner, marcaron un hito diplomático significativo en el impulso de la administración Trump para un acuerdo de paz.
Las conversaciones duraron dos días; la primera sesión se centró en las disputas territoriales —en particular, la exigencia de Rusia de que Ucrania ceda el control de la región del Donbás— y un posible alto el fuego limitado que detenga los ataques a la infraestructura energética.
El presidente ucraniano, Volodymyr Zelenskyy, describió las reuniones como un “momento decisivo”, señalando que, si bien las garantías de seguridad de Estados Unidos para Ucrania estaban prácticamente finalizadas, la “espinosa cuestión territorial” seguía sin resolverse.
La agenda se basó en intercambios diplomáticos previos, incluyendo una reunión nocturna entre Putin y enviados estadounidenses el 22 de enero en Moscú, donde Rusia reiteró sus condiciones previas para la paz.
Las expectativas se moderaron, pues algunas fuentes indicaron que no se suavizarían las posturas de inmediato, pero el mero hecho de que se produjera un diálogo directo indicó un avance tras casi cuatro años de conflicto.
La sesión inicial, que concluyó por la tarde, se centró en los parámetros para el fin de la guerra de Rusia y la lógica posterior del proceso de negociación, con el objetivo de avanzar hacia una paz digna y duradera, según el negociador jefe de Ucrania, Rustem Umerov.
Las discusiones incluyeron una propuesta de alto el fuego energético, según la cual Rusia cesaría los ataques contra las redes eléctricas ucranianas a cambio de que Ucrania detuviera los ataques contra las refinerías y petroleros rusos.
Informes no confirmados de redes sociales y medios de comunicación sugirieron propuestas estadounidenses para un fondo de reconstrucción de 800 mil millones de dólares para Ucrania, posiblemente vinculado a la retirada ucraniana de partes de Donetsk.
Rusia mantuvo su exigencia de que las fuerzas ucranianas se retiraran del Donbás como condición previa, considerándola innegociable para un acuerdo duradero.
Zelenski reconoció este punto como el “tema clave”, sin que se reportaran concesiones por parte de ninguna de las partes al final del primer día.
Se discutieron los elementos de un plan de paz de 20 puntos, elaborado por Estados Unidos, que incluía intercambios de prisioneros, un pacto de no agresión entre Rusia, Ucrania y Europa, y garantías de seguridad estadounidenses para Kiev, descritas por Zelenski como listas para la firma de Trump.
Rusia se mostró dispuesta a contribuir a la reconstrucción posbélica, pero la vinculó a la descongelación de sus activos en Estados Unidos.
Al cierre del 23 de enero, no se había anunciado ningún acuerdo formal, y las conversaciones se reanudarían el 24 de enero. Las autoridades rusas insistieron en la continuación de las operaciones militares hasta que se cumplieran los objetivos, ya sea por vía diplomática o por la fuerza.
Las conversaciones infundieron un optimismo cauteloso en los mercados globales, con breves caídas en los precios de la energía, ya que los inversores consideraron una posible tregua en materia de infraestructura.
Para Ucrania, el diálogo proporcionó una plataforma para asegurar el respaldo internacional en medio de la escasez de energía invernal, y el alcalde de Kiev instó a las evacuaciones en previsión de nuevos ataques rusos.
Mientras continuaban las conversaciones, persistieron los combates en primera línea, y Rusia lanzó patrullas estratégicas para reforzar su influencia.
Un alto el fuego limitado podría reducir inmediatamente las penurias civiles, especialmente en el debilitado sector energético ucraniano, pero corre el riesgo de envalentonar a Rusia si no se vincula a concesiones más amplias.
Para la administración Trump, las conversaciones reforzaron su iniciativa “Junta de Paz”, posicionando a Estados Unidos como un mediador fundamental.
En Ucrania, Zelenskiy se enfrentó a la presión de aliados como el Reino Unido y Francia, que manifestaron su disposición a desplegar fuerzas para supervisar el alto el fuego. En Rusia, las reuniones reforzaron la narrativa de Putin de negociar desde la fuerza.
Un éxito podría reconfigurar el flanco oriental de la OTAN, con potencias europeas como el Reino Unido y Francia comprometiéndose a una “coalición de los dispuestos” para su aplicación.
Un fracaso podría intensificar las sanciones estadounidenses o conducir a un conflicto congelado, lo que tensionaría las alianzas globales.
Un acuerdo marco podría desbloquear fondos para la reconstrucción, estabilizando los mercados de materias primas y apoyando la economía de Ucrania mediante las zonas libres de aranceles propuestas.
Por el contrario, un estancamiento prolongado podría generar una mayor inflación mundial debido a la interrupción del suministro de energía y granos.
Incluso un progreso parcial podría facilitar el intercambio de prisioneros y la amnistía, reduciendo el coste humano de la guerra, pero las concesiones territoriales podrían desplazar a las poblaciones del Donbás.
Las conversaciones podrían allanar el camino para un alto el fuego gradual, congelando las líneas de frente y facilitando la ayuda humanitaria.
La participación de EE. UU. podría disuadir la escalada, fomentando la estabilidad regional y liberando recursos para otros problemas globales como Gaza.
Las demandas territoriales de Rusia corren el riesgo de legitimar anexiones, debilitar las normas internacionales y fomentar la agresión en otros lugares.
Para Ucrania, las concesiones podrían erosionar la soberanía y el apoyo interno a Zelenski. A nivel global, un supuesto acuerdo entre Estados Unidos y Rusia podría distanciar a los aliados europeos, tensando las relaciones transatlánticas.
Si las conversaciones fracasan, la intensificación de los combates, especialmente en invierno, podría exacerbar la crisis energética de Ucrania y provocar más víctimas civiles.
Al 23 de enero, las conversaciones no habían producido resoluciones concretas, pero establecieron un “Marco de Alto el Fuego” para una mayor deliberación, priorizando el diálogo sobre el estancamiento.
La principal conclusión es que, si bien las cuestiones territoriales en el Donbás siguen siendo el principal impasse, el formato trilateral representa un paso tentativo hacia la desescalada.
La postura inflexible de Rusia sugiere que cualquier acuerdo favorecería sus ganancias, posiblemente a expensas de Ucrania, pero la mediación estadounidense ofrece una vía hacia las garantías de seguridad y la recuperación económica. En general, el resultado depende de las sesiones del 24 de enero: un alto el fuego total parece lejano, pero una tregua limitada en los objetivos energéticos podría surgir como medida para fomentar la confianza.
Los analistas consideran esto como el “último 10%” de las negociaciones, con mucho en juego para el orden global.

