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El 24 de abril de 2024, las campanas de Santiago de los Caballeros parecieron doblar por el fin de una época. Abel Atahualpa Martínez Durán cerraba un ciclo de ocho años al frente de la alcaldía de la hidalga ciudad, entregando el bastón de mando a su sucesor, Ulises Rodríguez. Atrás quedaba el eco de aquel agosto de 2016, cuando Martínez asumió las riendas de una urbe asfixiada, declarada oficialmente en emergencia sanitaria y sumida en el abandono tras la gestión de Gilberto Serulle. Para sus seguidores y para la historia local, su partida no fue un trámite burocrático más; significó la despedida del hombre que arrebató a Santiago de las garras del desorden y le devolvió su dignidad perdida.

Cuando el nuevo alcalde Abel Martínez llegó al palacio municipal, la ciudad herida generaba cientos de toneladas de basura que se pudrían al sol. Los vertederos improvisados devoraban las esquinas y el bullicioso mercado de las “pulgas” de Pueblo Nuevo se había desbordado sin control, trepando hasta el mismísimo corazón del centro histórico. La institucionalidad era un reflejo de ese caos urbano: el índice SISMAP, que mide la transparencia y la eficiencia de los municipios, languidecía en un mediocre limbo. Santiago, la segunda capital de la República Dominicana, parecía condenada a la desidia.
Sin embargo, la respuesta de la nueva administración fue una ofensiva implacable y sostenida. Con la fuerza de una cruzada, miles de botaderos ilegales fueron borrados del mapa urbano. El legendario vertedero de Rafey, que por años coronó el paisaje con una nube gris y tóxica, apagó sus fuegos; en su lugar, se sembraron árboles y comenzó a dibujarse el sueño de un futuro “eco-parque”.
Las rutas de recolección se convirtieron en un engranaje suizo capaz de levantar 1,200 toneladas diarias de desechos, extendiendo su brazo solidario incluso a los municipios vecinos. Al mismo tiempo, una renovada policía municipal devolvió el respeto y la seguridad a los parques, mercados y cementerios que antes dominaba la ley del más fuerte.

La transformación física de la ciudad fue monumental. La gestión logró rescatar del olvido entre 75,000 y 80,000 metros cuadrados de áreas verdes. De la nada brotaron cerca de 40 parques nuevos y se insufló vida a más de 55 espacios recreativos que antes eran solo promesas rotas.
El asfalto regresó a las calles, las aceras se levantaron con firmeza y surgieron canchas y centros comunitarios donde antes solo había polvo. Tan solo en el año 2023, la alcaldía ejecutó más de 550 obras, muchas de ellas nacidas del corazón del presupuesto participativo. El arte también reclamó su lugar: más de 800 murales urbanos llenaron de color y poesía las paredes grises de la ciudad, convirtiendo a Santiago en una galería a cielo abierto.
Bajo el suelo y detrás de los escritorios, el orden institucional también echó raíces. Se aprobó el primer Plan Municipal de Ordenamiento Territorial de la historia de la urbe y se impulsaron normativas urbanas que agilizaron los permisos de construcción, inyectando certeza y confianza al sector privado.
Pero quizás el orgullo más grande de Martínez residía en las arcas públicas. Mediante una estricta disciplina fiscal, la alcaldía se negó a firmar nuevos préstamos bancarios y saldó viejas deudas, incluyendo un pesado fardo de RD$280 millones arrastrado desde 2008. Al cerrar sus dos períodos, el Ayuntamiento proclamaba con la frente en alto estar libre de deudas y con el salario 13 asegurado para sus trabajadores.
Este milagro administrativo se reflejó en las frías pantallas del SISMAP, donde Santiago escaló de manera consistente hasta la cumbre, alcanzando puntuaciones perfectas de entre el 97% y el 99%. La creación de un portal de transparencia, las transmisiones en vivo de los procesos de licitación y las certificaciones de datos abiertos convirtieron la gestión en un cristal impecable a los ojos del país.

El camino, por supuesto, no estuvo sembrado de rosas. Los primeros años exigieron mano de hierro y trajeron consigo agrias fricciones y enfrentamientos con vendedores informales —muchos de ellos migrantes haitianos—, comerciantes ambulantes y los tradicionales operadores de coches de caballos que se resistían al cambio. A pesar de las tormentas políticas y sociales, el balance final para quienes presenciaron la metamorfosis es innegable.
La gestión de Abel Martínez dejó cicatrizadas las heridas del abandono con mejoras tangibles en limpieza, urbanismo y honestidad administrativa. Santiago de los Caballeros mudó su piel de emergencia de 2016 para vestirse con el traje del progreso, consagrándose ante los ojos de la nación como el gran referente del gobierno local eficiente
