La Balanza del Barrio: El Viaje Ético de Miguel Antonio Puello Maldonado

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El asfalto de María Auxiliadora, que en los años setenta todavía guardaba el eco rebelde del viejo barrio de Faria, no solo une calles de la zona norte del Distrito Nacional; allí se forjó la templanza de un hombre. En 1974, mientras la juventud dominicana buscaba rumbos entre la incertidumbre y la esperanza, un joven Miguel Antonio Puello Maldonado decidió que su destino estaría ligado irreversiblemente a la defensa de los demás. Aquel muchacho que gastaba suelas en las asambleas de la Central General de Trabajadores (CGT) y levantaba la voz en la Unión de Jóvenes Dominicanos (UJD) entendió temprano que los derechos no se mendigan: se construyen y se defienden.

Cinco décadas después, el ímpetu callejero se ha transformado en una madurez reposada y técnica, pero con el mismo fuego interno. Puello Maldonado no es solo el testigo de una época de luchas sindicales; es el académico que le puso leyes, conceptos y estructura a la rebeldía del pasado. Su figura hoy transita con naturalidad entre las aulas universitarias y los pasillos de la alta gestión pública. Abogado, politólogo y poseedor de un arsenal de maestrías que abarcan desde el Derecho Constitucional hasta la Administración Pública, ha dedicado su vida intelectual a descifrar cómo hacer que el Estado cure las heridas que a veces provoca su propia burocracia.

Desde 2021, como segundo suplente del Defensor del Pueblo, ha operado en las entrañas de la institución, observando sus engranajes, midiendo sus alcances y detectando sus deudas pendientes con la sociedad. Su pluma, reflejada en obras esenciales sobre el funcionamiento y reglamento de la Ley 19-01, no busca el elogio fácil, sino la solidez institucional. Para él, el Defensor del Pueblo no debe ser el feudo de una sola voluntad, sino un órgano colegiado, una estructura democrática y transparente donde la “magistratura moral” sea el verdadero motor del cambio.

Hoy, con la mirada puesta en la titularidad de la institución, Puello Maldonado propone una revolución silenciosa y vertebrada. Su plan no habita en las nubes de la teoría; camina la tierra a través de ejes urgentes: descentralizar la defensa para que llegue a cada provincia olvidada, educar masivamente a un pueblo que a veces ignora su propio poder, y erigirse en un escudo frente a los abusos y omisiones de los gigantes públicos y privados.

Frente al poder político, su postura es la de un puente de piedra: firme en su independencia y autonomía, pero siempre abierto al diálogo constructivo y a la colaboración recíproca. No busca el conflicto por el conflicto, sino el amparo estricto de la legalidad. Su meta final cabe en una frase que resume una vida entera de militancia y estudio: colocar al Defensor del Pueblo en el epicentro de la protección ciudadana, asegurando que el ciudadano común jamás vuelva a encontrarse indefenso ante el olvido o la arbitrariedad del poder.

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