El día en que “La Tierra se Sacudió” bajo el occidente colombiano

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Especial para los seguidores de codigopostalrd.net

La mañana del 10 de agosto de 2026 amaneció con un rugido profundo que atravesó el corazón de Colombia. A las 07:34, hora local, un sismo de magnitud 7,4 —el más fuerte registrado en el país en la última década— sacudió el occidente, con epicentro cerca de San José del Palmar, en el departamento del Chocó. Fue un temblor de profundidad intermedia, entre 96 y 110 kilómetros, originado en la placa de Nazca que se hunde bajo el continente, de mecanismo de falla de deslizamiento. No amenazó con tsunami, pero sí con una sacudida que se prolongó entre uno y dos minutos en vastas regiones.

La tierra se estremeció con fuerza en gran parte del territorio nacional. Bogotá, Cali, Medellín, Pereira, Manizales y Armenia sintieron el embate. La intensidad máxima alcanzó el grado VII de la escala de Mercalli cerca del epicentro: un temblor muy fuerte. El movimiento cruzó fronteras y se percibió también en Ecuador, Venezuela y Panamá. Poco después, a las 08:18, una réplica de magnitud aproximada 5,0 recordó que el subsuelo aún no había cerrado su herida.

Los números de la tragedia se fueron revelando a lo largo del día, fluidos e incompletos. Al final, las cifras más consolidadas hablaron de al menos 111 muertos y más de 87 heridos. Risaralda, con Pereira en el centro, concentró decenas de víctimas —entre 40 y 47 según distintos reportes—. Valle del Cauca, con Cali, sumó otras tantas, alrededor de 27 o más. Hubo deudos también en el Chocó, en Caldas y en puntos aislados de Antioquia.

Las edificaciones cayeron o se resquebrajaron. En Cali, decenas de estructuras resultaron afectadas y hubo personas atrapadas bajo los escombros. En Pereira y Manizales el panorama fue similar. La Catedral Basílica de Nuestra Señora del Rosario, en Manizales, perdió una de sus torres, que se derrumbó sobre la nave. Casas, iglesias, hospitales —entre ellos el Universitario del Valle—, escuelas e infraestructuras sufrieron daños en múltiples municipios. El aeropuerto Matecaña de Pereira registró colapsos parciales; otros terminales aéreos —Manizales, Quibdó, Armenia, Cartago, Buenaventura— quedaron bajo inspección y los vuelos se suspendieron. Zonas rurales del Chocó y del Valle del Cauca también pagaron un alto precio.

Las evacuaciones se multiplicaron, incluso en la capital. Los equipos de rescate se concentraron en los edificios derrumbados mientras la electricidad, el transporte y los servicios locales se interrumpían en las zonas más golpeadas. El temblor evocó recuerdos dolorosos: el de 1979 en la misma región y el destructivo de 1999 en el Eje Cafetero.

El presidente Abelardo de la Espriella, recién llegado al cargo, declaró el estado de desastre nacional. Activó los mecanismos de emergencia, instaló un puesto de mando unificado y puso el énfasis en el rescate y la ayuda humanitaria. Desde el exterior llegaron ofertas de asistencia y mensajes de solidaridad: Estados Unidos, Ecuador, México, El Salvador y otras naciones tendieron la mano. El Eje Cafetero, corazón productivo del café, quedó marcado por los daños, y el país enfrentó de inmediato cierres aeroportuarios, viajes interrumpidos y la larga tarea de evaluar estructuras vulnerables, reconstruir y acompañar a los heridos y desplazados.

Este sismo de profundidad intermedia, ligado a la subducción de la placa de Nazca bajo América del Sur, fue coherente con la sismicidad conocida de la región. Su profundidad moderó en parte la intensidad cercana al epicentro respecto a un evento más superficial de igual magnitud, pero el amplio radio de percepción y la fragilidad de muchas construcciones antiguas o vulnerables en ciudades pobladas del occidente y el centro del país bastaron para producir un saldo trágico. Mientras las labores de rescate y evaluación continuaban, las autoridades insistían en el monitoreo de réplicas y en la necesidad de atenerse a las fuentes oficiales del Servicio Geológico Colombiano y de las entidades de gestión del riesgo.

Las cifras y los detalles siguen sujetos a revisión. La tierra se ha movido, y Colombia, una vez más, mide la fuerza de su propia memoria sísmica

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