Se ha extinguido la última gran voz del saxofón tenor. Sonny Rollins, titán indomable de siete décadas de música, falleció ayer 25 de mayo de 2026 en su hogar de Nueva York, a los 95 años. Con su partida se cierra el capítulo final de la era dorada del jazz: el último coloso ha abandonado el escenario.
Rollins no tocaba el saxofón; lo habitaba. Su sonido era ancho, terroso y solar, como si el instrumento se hubiera convertido en una prolongación de su propio aliento vital. Poseía una ferocidad rítmica que hacía bailar a la melodía y una imaginación armónica que parecía inagotable. Fue, en el sentido más profundo, un improvisador puro: un hombre que conversaba con el instante y lograba que ese diálogo sonara eterno.
Un legado tallado en fuego
Desde los años cincuenta, su huella se volvió indeleble. Saxophone Colossus (1956) no fue solo un disco: fue la coronación de un rey. En él, y en composiciones que ya forman parte del ADN del jazz —«St. Thomas», con sus raíces calipso caribeñas; el brioso «Oleo»; el juguetón «Doxy»; la exótica «Airegin»—, Rollins demostró que el saxofón tenor podía ser a la vez salvaje y refinado, callejero y filosófico.
Compartió trincheras con los más grandes: Miles Davis, Thelonious Monk, Max Roach, John Coltrane, Clifford Brown. Sin embargo, nunca se conformó con ser uno más entre gigantes. En un gesto audaz, prescindió del piano y creó tríos de saxofón, bajo y batería que abrían espacios de libertad armónica nunca antes explorados, como en el mítico Way Out West. Más tarde, incluso se permitió cruzar fronteras: su saxo rugió en Tattoo You de The Rolling Stones, recordándonos que el jazz, en sus manos, nunca fue un género encerrado.
El puente como templo
Quizá la imagen más poderosa de su leyenda sea la del hombre que, en 1959, en la cima de su fama, decidió desaparecer. Cansado de la industria, de las expectativas y del ruido, Sonny Rollins tomó su saxofón y subió cada día al Puente de Williamsburg. Allí, entre el viento helado, el tráfico atronador y la soledad absoluta, buscó la perfección. Dos años de práctica casi mística. De ese retiro voluntario surgió The Bridge (1962), uno de los regresos más triunfales de la historia de la música.
Aquel puente no fue solo un lugar: fue su monasterio, su confesionario, su laboratorio del alma.
El silencio final
En 2014, una fibrosis pulmonar lo obligó a despedirse de los escenarios. Pero Rollins no se apagó. En 2024 publicó The Notebooks of Sonny Rollins, un testimonio íntimo donde se revelaba no solo como músico excepcional, sino como pensador profundo, espíritu inquieto y hombre de una espiritualidad serena y tenaz.
Ahora, el coloso se ha ido.
Ya no habrá más noches en las que su saxofón corte la oscuridad como un cuchillo de oro. Pero su sonido —robusto, libre, insumiso— seguirá viajando por los aires del mundo, recordándonos que el verdadero arte no busca la perfección, sino la verdad. Y pocos la buscaron con tanta honestidad y grandeza como Theodore Walter Rollins.
