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MIAMI — En una rara aparición en la sala del tribunal que atrajo atención nacional, el secretario de Estado Marco Rubio declaró bajo juramento el martes que no tenía conocimiento alguno de un lucrativo contrato de consultoría que su amigo de toda la vida y excompañero de cuarto, el exrepresentante de Florida David Rivera, supuestamente firmó con una subsidiaria de la petrolera estatal de Venezuela para influir en la política estadounidense durante el primer gobierno de Trump
El testimonio, ofrecido el 24 de marzo de 2026 en un tribunal federal de Miami, asestó un golpe significativo a la defensa en el juicio de alto perfil contra Rivera y su asociada Esther Nuhfer, quienes enfrentan una acusación de 11 cargos que incluyen conspiración, omisión de registro como agentes extranjeros bajo la Ley de Registro de Agentes Extranjeros (FARA) y lavado de dinero. Los fiscales alegan que la pareja aceptó hasta 50 millones de dólares —recibiendo alrededor de 20 millones— de PDV USA entre 2017 y 2018 para cabildear ante el Congreso y la Casa Blanca a favor del alivio de sanciones en nombre del gobierno de Nicolás Maduro.

Rubio, quien compartió habitación con Rivera en la década de 1990 y fue mencionado en sus memorias, dijo a los miembros del jurado que se habría quedado “impactado” al enterarse de que su amigo, un crítico vocal de Maduro, estaba trabajando para el régimen. Describió tanto a Rivera como a Nuhfer como críticos acérrimos de Maduro y reafirmó su propia postura de línea dura de larga data contra cualquier negociación con el gobierno socialista.
El relato contradijo directamente el argumento central de la defensa: que los pagos respaldaban una “diplomacia paralela” destinada a derrocar pacíficamente a Maduro, y que Rubio estaba al tanto —e implícitamente apoyaba— esos esfuerzos. Al distanciarse de manera inequívoca, Rubio reforzó la narrativa de los fiscales sobre una actividad de agente extranjero no revelada, diseñada para suavizar la presión estadounidense sobre Maduro mientras pulía la imagen del régimen en Washington.
El juicio sirve así como un ajuste de cuentas público con las supuestas operaciones de influencia financiadas con dinero del petróleo venezolano durante la era Trump.
Rivera, republicano que representó un distrito del sur de Florida entre 2011 y 2013, y Nuhfer se han declarado no culpables. Los abogados defensores argumentan que el contrato se firmó con una subsidiaria estadounidense de PDVSA —no directamente con el gobierno venezolano—, por lo que no se requería el registro bajo la FARA. Mantienen que el trabajo avanzaba los objetivos de la oposición y no los intereses de Maduro. Los fiscales responden que el arreglo fue estructurado para ocultar al verdadero principal extranjero y que los acusados “vendieron su lealtad” por ganancia personal.

La comparecencia de Rubio marcó la primera vez que un secretario de Gabinete en funciones testifica en un juicio penal desde 1983, lo que amplificó el escrutinio mediático en Miami, hogar de grandes comunidades de exiliados venezolanos y cubanos profundamente hostiles a Maduro. Para Rubio, el testimonio conllevaba riesgos personales y políticos dada su amistad de décadas con Rivera. Sin embargo, su firme rechazo a cualquier conocimiento del contrato, junto con su historial de política dura hacia Venezuela, pareció limitar las posibles consecuencias entre su base conservadora.
Expertos legales que siguen el caso consideran que el testimonio de Rubio es particularmente dañino para la defensa. Una condena podría acarrear sentencias de varias décadas de prisión y representaría una gran victoria para los esfuerzos del Departamento de Justicia por aplicar la FARA de manera más agresiva, especialmente contra figuras con fuertes vínculos en círculos republicanos.
Los procedimientos también tienen implicaciones más amplias. Ofrecen un registro público detallado de las supuestas tácticas de la era Maduro para comprar influencia en Estados Unidos, enviando un mensaje disuasorio a gobiernos extranjeros que contemplen cabildeo encubierto. Para la administración Trump, la disposición de Rubio a testificar subraya un compromiso con la transparencia por encima de la lealtad personal, aunque los críticos puedan intentar resaltar la asociación.
En las comunidades de exiliados del sur de Florida, el juicio resuena como una historia cautelar sobre la intersección entre la política latinoamericana, el activismo y la posible corrupción en Miami. Destaca el desafío persistente de proteger la política estadounidense del dinero extranjero no revelado, incluso cuando se disfraza de trabajo de consultoría legítimo.
Mientras el juicio continúa, el veredicto sigue pendiente. Independientemente del resultado para Rivera y Nuhfer, el caso ya se erige como un hito en la aplicación de la FARA y como un cierre simbólico a la era Maduro: apenas unos meses después de la dramática destitución y detención del exlíder, una de las supuestas operaciones de influencia de su régimen en Estados Unidos está siendo diseccionada en una sala de tribunales de Miami, con el testimonio del principal diplomático estadounidense para América Latina.
El episodio refuerza un tema central en la carrera de Rubio: la seguridad nacional y la oposición al autoritarismo deben prevalecer sobre las relaciones personales. Las consecuencias legales completas para los acusados serán decididas por el jurado, pero el mensaje político y diplomático ya está claro: la actividad de agente extranjero no registrado en los más altos niveles de la política estadounidense conlleva riesgos reales e invita a la rendición de cuentas.


