Por Manolo Pichardo
El discurso de rendición de cuentas del presidente de la República, Luis Abinader, estuvo marcado por imprecisiones y manipulaciones de datos y cifras, cuestiones a las que me referiré luego. Por ahora tocaré los asuntos que estuvieron presentes en la puesta en escena: el talante o ánimo del presidente y la reacción del público.
El mandatario lució -cuando de hablar de cifras económicas se trató- rígido, con las manos entrelazadas y el ceño fruncido como si le asustaran las palabras leídas en el teleprompter. En algunos momentos se notó el esfuerzo que hizo para parecer enérgico y convincente, sobre todo a mitad y al final del discurso cuando pudo colocarle asfalto y cemento al contenido a pesar de ser el gobierno que menos ha invertido en los últimos 73 años y cuando recurrió a promesas y enunciados vacíos.
Su comportamiento quizás tuvo relación con el contenido de un discurso que alteraba la verdad. Lo otro, la reacción de los ciudadanos, en el momento de su exposición, fue brutalmente adversa; pues más del 95 por ciento de los comentarios la desaprobaban, y, en su mayoría, se centraron en el escándalo de corrupción del Senasa -a pesar del tono dramático y la sobreactuación que procuró seducir a un público que siguió expresando sus críticas e indignación-;
además de señalar el contenido falso de la rendición de cuentas, a la que calificaron de “rendición de cuentos”.


