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Afirmó que el mundo ahora es “más rico, más seguro y mucho más pacífico” bajo su liderazgo, afirmando que su administración había puesto fin a ocho conflictos sin una intervención significativa de la ONU, al tiempo que criticaba a la ONU por tener un “enorme potencial” pero ser ineficaz.

El 22 de enero de 2026, el presidente de Estados Unidos, Donald Trump, pronunció un discurso en la ceremonia de firma de la “Junta de la Paz” durante el Foro Económico Mundial en Davos, Suiza.
La Junta de la Paz es un nuevo organismo internacional liderado por Estados Unidos, inicialmente propuesto para supervisar la reconstrucción y la desmilitarización de Gaza tras un alto el fuego, pero se ha convertido en una plataforma más amplia para la resolución de conflictos globales.
La carta fue firmada por representantes de aproximadamente entre 19 y 35 países, con Trump como presidente permanente y una cuota de 1000 millones de dólares para ser miembro permanente.
El evento contó con una asistencia diversa, con la participación de países clave de Oriente Medio como Arabia Saudita, Egipto, Catar, Turquía e Indonesia, junto con otros como Argentina y Hungría, pero con notables ausencias de importantes aliados occidentales y miembros permanentes del Consejo de Seguridad de la ONU (excepto Estados Unidos).
Israel y facciones palestinas han respaldado la iniciativa, y el primer ministro israelí, Benjamin Netanyahu, aceptó la invitación para unirse.
Las declaraciones de Trump duraron casi 20 minutos y se centraron en destacar los logros de su administración, presentando a la Junta de la Paz como una fuerza transformadora para la estabilidad global.
En cuanto a Gaza, Trump enfatizó el éxito en el mantenimiento del alto el fuego y la entrega de ayuda, afirmando: “Vamos a tener mucho éxito en Gaza”, y prometiendo que sería desmilitarizada y “bellamente reconstruida”.
Describió Gaza en términos inmobiliarios, calificándola de “excelente ubicación” y “hermosa propiedad” con potencial para la reurbanización, señalando: “Soy un experto en bienes raíces de corazón, y la ubicación es fundamental… la gente que vive tan mal vivirá tan bien”. Trump también insinuó acciones futuras, como abordar a Hezbolá en el Líbano, afirmando: “Tenemos que hacer algo al respecto”.
Los oradores que lo apoyaron, entre ellos Jared Kushner, un negociador clave en Gaza, detallaron los planes: desmilitarizar a Hamás, pasar de la dependencia de la ayuda humanitaria a inversiones de libre mercado, dividir Gaza en zonas residenciales y turísticas costeras, construir 100.000 viviendas en Rafah y “Nueva Gaza”, y reabrir el cruce de Rafah la próxima semana para el transporte de ida y vuelta.
Kushner enfatizó la necesidad de seguridad para atraer inversiones, describiendo la paz como un proceso “empresarial”. El secretario de Estado estadounidense, Marco Rubio, elogió la visión de Trump, calificándola de valiente y señalando que conflictos como la situación de los rehenes en Gaza se consideraban en el pasado “imposibles” de resolver.
Trump posicionó a la junta como un complemento de la ONU, permitiéndole “hacer prácticamente lo que queramos” en sintonía con los esfuerzos de la ONU, creando una dinámica global “muy singular”.
Trump concluyó describiendo a la Junta de Paz como uno de los organismos “más trascendentales” jamás creados, una iniciativa “muy emocionante” que se extendería más allá de Gaza para abordar los desafíos mundiales, colaborando con la ONU, aunque potencialmente eludiéndola.
Hizo hincapié en la reurbanización de Gaza liderada por Estados Unidos como un modelo de prosperidad, presentándola como una transición del conflicto a la oportunidad mediante la desmilitarización, la inversión y el crecimiento impulsado por el mercado.
El discurso subrayó el papel autoproclamado de Trump en el logro de una rápida paz mundial, culminando con la firma de la carta y una resolución inaugural que activó el mandato de Gaza con el respaldo del Consejo de Seguridad de la ONU.
En general, reforzó los temas del excepcionalismo estadounidense, la crítica a las instituciones internacionales y un enfoque diplomático orientado a los negocios.
El discurso y la firma provocaron respuestas polarizadas, lo que refleja la naturaleza controvertida de la iniciativa. Los defensores, incluidas las naciones participantes, lo consideraron un paso pragmático hacia una paz viable.
La secretaria de prensa de la Casa Blanca, Karoline Leavitt, declaró que la junta era “una organización internacional oficial” y que ya estaba en pleno funcionamiento.
En X, algunos usuarios la elogiaron como “la paz se ha vuelto real”, elogiando la disrupción de Trump de sistemas “fallidos” como la ONU y destacando el enfoque de la junta en los resultados por encima de la burocracia.
La cobertura mediática destacó el alivio de los líderes europeos ante la retirada de Trump de sus amenazas de aranceles o fuerza sobre Groenlandia durante las conversaciones de Davos, lo que contribuyó a una reacción positiva del mercado bursátil, con el S&P 500 subiendo un 1,16 %.
Sin embargo, los críticos expresaron escepticismo y preocupación. Principales aliados de EE. UU., como Francia, el Reino Unido y los países nórdicos, se negaron a unirse, alegando dudas sobre el mandato ampliado de la junta y la presidencia vitalicia de Trump.
En X, las reacciones incluyeron preguntas sobre si se trata de un “reemplazo de la ONU o simplemente de una coalición liderada por EE. UU.”, y algunos lo calificaron de “farsa” y señalaron la ausencia de líderes europeos como “ominosa”.
Medios como Al Jazeera y Reuters expresaron temores de que la junta pudiera socavar el papel de la ONU en la diplomacia, y expertos calificaron de “imperialista” el enfoque de Trump.
Rusia está considerando su membresía, ofreciendo mil millones de dólares de activos estadounidenses congelados, mientras que China no ha respondido. Comentarios más generales señalaron que la membresía de la junta se inclina hacia países no democráticos y su potencial para marginar a aliados tradicionales.
Como organismo emergente, la Junta de la Paz podría reestructurar la resolución de conflictos globales al introducir competencia en la ONU, lo que podría conducir a resultados más centrados en Estados Unidos en áreas como la reconstrucción de Gaza y la estabilidad en Oriente Medio.
Las consecuencias positivas podrían incluir una aceleración de las inversiones en Gaza, con planes para la vivienda y el turismo que podrían impulsar el crecimiento económico si se mantiene la seguridad.
Sin embargo, los riesgos incluyen la profundización de las divisiones entre los aliados, ya que el modelo de pago por participación y el dominio estadounidense podrían distanciar a las democracias y exacerbar la percepción del unilateralismo estadounidense.
Si la junta se expande más allá de Gaza, centrándose en cuestiones como Ucrania o Líbano, podría tensar las relaciones con la OTAN o provocar iniciativas rivales de potencias como China o Rusia.
Los críticos advierten sobre los “desafíos inherentes” en su implementación, como la aplicación de la desmilitarización o la obtención de las aprobaciones parlamentarias para las membresías.
En general, la iniciativa puede aumentar la desigualdad global en la diplomacia, favoreciendo a las naciones más ricas o alineadas mientras margina a otras, y su éxito depende de la capacidad de Trump para obtener resultados tangibles en medio del escepticismo persistente.

