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Honduras encharcada en reconteo de los votos, Consejo Nacional Electoral dio marcha atrás: No se ha declarado ningún ganador
Al 7 de diciembre de 2025, el recuento de votos para las elecciones generales de Honduras, celebradas el 30 de noviembre, seguía sin resolverse.
La contienda presidencial dependía de un estrecho margen entre el candidato conservador del Partido Nacional, Nasry Asfura (apoyado por el presidente estadounidense Donald Trump), y el candidato centrista del Partido Liberal, Salvador Nasralla.

Con aproximadamente el 88% de las papeletas escrutadas por el Consejo Nacional Electoral (CNE), Asfura aventaja a Nasralla con unos 20.000 votos (40,20% frente al 39,50%), mientras que Rixi Moncada, del gobernante Partido LIBRE, se encontraba muy por detrás, con un 19,30%.
Un recuento ciudadano independiente realizado por el Consejo Nacional Anticorrupción (CNA), que procesó el 92% de las actas, muestra una brecha ligeramente menor: Asfura con el 39,43% y Nasralla con el 37,97%, y LIBRE con el 18,79%.
El proceso se ha visto afectado por fallas técnicas en el sistema de Transmisión y Divulgación Rápida de Resultados Preliminares (TREP) del CNE, lo que ha provocado repetidas interrupciones y un recuento manual de las papeletas marcadas (hasta un 14-17% presenta inconsistencias).
El recuento se ha estancado en ocasiones durante más de 18 a 24 horas, lo que ha provocado llamados urgentes de la Misión de Observación Electoral de la Organización de los Estados Americanos (OEA) para agilizar el proceso en medio de la creciente tensión política. No se ha declarado ningún ganador.


El prolongado y controvertido recuento de votos tiene repercusiones inmediatas en Honduras y el resto del mundo:

El estancamiento revive el recuerdo de las elecciones de 2017, marcadas por acusaciones de fraude y violentas protestas que dejaron más de 30 muertos.

Nasralla ha acusado al CNE de manipulación algorítmica y actas “adulteradas”, prometiendo acciones legales a partir del 27 de enero de 2026, mientras que LIBRE exige la anulación total alegando la interferencia estadounidense (por ejemplo, el respaldo de Trump y las amenazas de recortar la ayuda) y 19,167 urnas con irregularidades.

El grupo de Asfura, por su parte, alega sabotaje por parte de funcionarios afines a LIBRE. Esto ha profundizado las divisiones, con las redes sociales inundadas de denuncias de “fraude monumental” y demandas de transparencia.
La economía hondureña, ya agobiada por la pobreza (más del 70% de la población) y la dependencia de las remesas (27% del PIB), se enfrenta a la fuga de inversionistas.
El Centro Bush observa una clara crítica de los votantes al gobierno de la presidenta Xiomara Castro, que prometió reformas anticorrupción pero obtuvo resultados desiguales en medio de escándalos de corrupción.
Una crisis prolongada podría exacerbar la inflación y la deuda, con un aumento repentino de los rendimientos de los bonos, como en disputas anteriores.
Los retrasos podrían provocar nuevas protestas callejeras, especialmente en centros urbanos como Tegucigalpa, donde los primeros recuentos favorecieron a Nasralla.
Con más de 2400 actas inconsistentes que podrían influir en el resultado, la confianza pública en las instituciones se está erosionando, lo que alimenta las caravanas migratorias hacia el norte, una preocupación directa para la seguridad estadounidense, ya que Trump ha vinculado las elecciones a las presiones fronterizas
La abierta participación de Trump —apoyando a Asfura, indultando al expresidente Juan Orlando Hernández (condenado por cargos de narcotráfico en Estados Unidos) y denunciando a sus opositores— ha generado acusaciones de intromisión, lo que ha tensado las relaciones con sus vecinos latinoamericanos.
La OEA ha enfatizado la soberanía, mientras que los vínculos de LIBRE con Venezuela y Cuba amplifican la retórica antiizquierdista de Estados Unidos.
Si no se resuelve, la crisis podría tener consecuencias más graves:
La solicitud formal de anulación de LIBRE abarca las contiendas presidenciales, vicepresidenciales y del PARLACEN, citando fallos en el TREP y 26 grabaciones de audio de presuntos planes de fraude del Partido Nacional.
El CNE debe revisar las inconsistencias, pero un recuento completo podría tardar semanas, lo que podría llevar a la intervención del Tribunal Supremo Electoral (TSE) o a un estancamiento en el Congreso (se proyecta que los Nacionales obtendrán 50 escaños, los Liberales 40, LIBRE se reduce a 34).
Los precedentes históricos sugieren una escalada; en 2017 se implementaron toques de queda y despliegue militar.
Las tensiones actuales, incluidas las acusaciones de fraude de un miembro del CNE contra colegas, aumentan el temor a enfrentamientos, especialmente con las votaciones aún pendientes en comunidades de la diáspora (por ejemplo, EE. UU.) y lugares con retrasos como San Antonio de Flores.
El mandato de Castro finaliza el 27 de enero de 2026; Una transición controvertida podría paralizar las políticas en temas clave como la seguridad (tasa de homicidios de aproximadamente 35/100.000 habitantes) y la resiliencia climática (vulnerabilidades tras el huracán Mitch).
Una victoria de Nasralla podría orientarse hacia reformas tecnocráticas, mientras que la de Asfura podría alinearse con las prioridades estadounidenses en materia de migración y antinarcóticos.
El éxito o el fracaso en la resolución transparente de este asunto influirá en las próximas votaciones en Chile y otros países, lo que pondrá de relieve las vulnerabilidades de los sistemas automatizados y la influencia extranjera.
Las elecciones hondureñas de 2025 ponen de relieve la fragilidad de las transiciones democráticas en entornos polarizados y de baja confianza.
Los votantes rechazaron rotundamente la candidatura de LIBRE (frente al 50% de 2021), lo que indica frustración por las promesas incumplidas en materia de corrupción y desigualdad.
Sin embargo, la división conservadora entre Asfura y Nasralla fragmenta a la oposición. Sin una resolución rápida y verificable —idealmente mediante un escrutinio manual completo y auditorías supervisadas por la OEA—, el resultado corre el riesgo de deslegitimar el proceso, erosionar la confianza en el CNE e incitar a un retroceso autoritario.
En última instancia, la “voluntad de las urnas” debe prevalecer mediante la integridad institucional, no mediante presiones externas ni sabotaje partidista.
Una victoria de Nasralla podría estabilizar el proceso mediante su coalición anticorrupción; la de Asfura podría acelerar las reformas alineadas con Estados Unidos, pero a costa de las percepciones de soberanía. De cualquier manera, Honduras emerge más dividida, lo que exige esfuerzos cívicos urgentes de reconciliación para evitar que se repitan los disturbios de 2017.
Los actores internacionales, en particular Estados Unidos, deberían priorizar la observación sobre la intervención para salvaguardar el proceso.

