El 20 y 21 de agosto de 2025, República Dominicana experimentó importantes cortes de electricidad, que afectaron particularmente a varias regiones durante la noche.
Estos apagones, atribuidos a una combinación de factores, como el cierre temporal de varias centrales eléctricas (en particular, Punta Catalina II debido a una falla técnica) y la llegada de grandes cantidades de sargazo que interrumpieron las operaciones en la central de Punta Catalina, generaron un descontento público generalizado.
Los cortes provocaron protestas en diversas partes del país, donde los ciudadanos expresaron su frustración por las interrupciones en la vida cotidiana, el comercio y la seguridad.
Se reportaron protestas en varias ciudades, como Puerto Plata, Santiago de los Caballeros, San Francisco de Macorís y Santo Domingo, lo que indica un problema nacional. En barrios específicos de Santo Domingo, como Villa Faro, Sábana Pérdida y Los Alcarrizos, también hubo manifestaciones, algunas de ellas con quema de neumáticos como forma de malestar civil.
Los apagones fueron especialmente molestos durante la noche, agravando la incomodidad causada por las altas temperaturas del verano y la dependencia del aire acondicionado.
Los residentes reportaron cortes que duraron desde varias horas hasta más de 12, lo que afectó el sueño, las actividades domésticas y la seguridad.
Las redes sociales, en particular X, reflejaron una mayor frustración pública, con publicaciones que describían los apagones como “insoportables” y señalaban la ansiedad causada por la falta de electricidad, incluso en zonas con suministro eléctrico “24 horas”
Los apagones obstaculizaron las actividades comerciales, especialmente para las pequeñas y medianas empresas. En Tenares, por ejemplo, los residentes informaron que cortes de entre 15 minutos y 4 horas afectaron el comercio, lo que provocó un aumento en las facturas de electricidad que tensó aún más las economías locales.
: Los negocios que dependen de la refrigeración, como los que venden productos frescos o mariscos, sufrieron pérdidas significativas debido al deterioro de los productos durante los cortes prolongados, especialmente críticos durante los calurosos meses de verano.
Las protestas, que incluyeron la quema de neumáticos en varias comunidades, pusieron de manifiesto la creciente frustración pública con el gobierno y los proveedores de electricidad como Edenorte.
Estas manifestaciones interrumpieron el tráfico y requirieron la intervención de las autoridades en algunos casos, como en Santiago, donde se desplegaron agentes de tránsito para gestionar semáforos que no funcionaban.
Los apagones prolongados aumentaron los riesgos para la salud, especialmente para las poblaciones vulnerables que dependen de la electricidad para equipos médicos o refrigeración para mitigar enfermedades relacionadas con el calor. La falta de electricidad también obligó a los residentes a usar velas o inversores, lo que aumentó el riesgo de incendios y otros peligros.
En algunas zonas, los residentes se adaptaron reuniéndose socialmente durante los cortes de luz, como se vio en Las Terrenas, donde la gente bailaba y socializaba en espacios públicos. Sin embargo, esta no fue una respuesta universal, y muchos expresaron su enojo por la falta de un servicio confiable.
El cierre no programado de Punta Catalina II, sumado al mantenimiento en otras plantas más pequeñas y el impacto del sargazo en la generación de energía, generó una sobrecarga en la red nacional. La Junta Unificada de Distribuidores de Electricidad (CUED) observó que el calor casi récord aumentó la demanda de energía, exponiendo aún más las vulnerabilidades de la red.
La República Dominicana tiene un largo historial de desafíos en el sector eléctrico, incluyendo altas pérdidas de distribución (hasta un 40% en los últimos años), robo de electricidad y una red obsoleta. Estos problemas sistémicos han perpetuado un ciclo de servicio inestable, tarifas elevadas e insatisfacción pública.
Las protestas pusieron de manifiesto el descontento público con la gestión gubernamental del sector energético. Las declaraciones de funcionarios, como el ministro de Energía y Minas, Joel Santos, y el director de la CUED, Celso Marranzini, pidiendo paciencia, fueron recibidas con escepticismo, ya que se han hecho promesas de reforma similares durante décadas sin resolver el problema por completo.
Las demandas públicas de rendición de cuentas, como las exigencias al director de Edenorte para que aborde las pérdidas en Tenares, reflejan la creciente presión sobre las autoridades para que ofrezcan soluciones tangibles.
La mayor dependencia de inversores, velas y generadores de emergencia aumentó la carga financiera de hogares y empresas, en particular para las familias de bajos ingresos que no podían permitirse estas soluciones.
La compra de megavatios adicionales por parte del gobierno a empresas como Falcondo y Barrick Gold para abordar la escasez indica un enfoque reactivo, que podría aumentar la carga fiscal debido a los altos costos.
Si bien algunas comunidades se adaptaron positivamente socializando durante los cortes, el sentimiento general fue de frustración, y las protestas indicaron una ruptura de la confianza entre los ciudadanos y los proveedores de servicios públicos.
Los cortes exacerbaron las disparidades socioeconómicas, ya que los hogares más adinerados y los centros turísticos con generadores de respaldo se vieron menos afectados, mientras que las comunidades más pobres enfrentaron interrupciones prolongadas.

