La Diáspora Dominicana: Un pilar económico y político aún subutilizado, según análisis de Emiliano Pérez Espinosa

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Más de una década después de su publicación, el ensayo “Reflexión sobre la Diáspora Dominicana”, escrito en 2014 por Emiliano Pérez Espinosa —exembajador alterno ante las Naciones Unidas, histórico miembro del Comité Central del Partido de la Liberación Dominicana (PLD) por Nueva York y activista de la diáspora en Estados Unidos—, sigue ofreciendo una radiografía precisa del peso demográfico, económico y político de los dominicanos en el exterior. El texto, publicado originalmente en Vanguardia del Pueblo, y las propuestas que lo acompañaron, plantean que el futuro del país está indisolublemente ligado al de su comunidad migrante.

Pérez Espinosa, citando al sociólogo Ernesto Gellner, sostiene que las diásporas son productos de las condiciones económicas, políticas y sociales de cada época. En el caso dominicano, traza un recorrido histórico que arranca con la colonización española de 1492, pasa por las intervenciones militares estadounidenses de 1916 y 1965, la expansión económica estadounidense de posguerra, el fin de la dictadura de Trujillo, la Revolución de Abril de 1965 y las crisis políticas y económicas de los gobiernos de Joaquín Balaguer en los años 60 y 70, así como el período 1990-1994, marcado por el fraude electoral y las dificultades económicas.

Según las cifras que manejaba en 2014, más de 1,5 millones de dominicanos residían solo en Estados Unidos y más de dos millones en todo el mundo, contando generaciones sucesivas y distintos continentes. El autor estimaba que esta comunidad generaba un “PIB” anual de entre 30.000 y 40.000 millones de dólares, y transfería al país unos 6.000 millones de dólares al año: 3.000 millones en remesas formales y otros 3.000 millones en bienes y servicios (alimentos, electrodomésticos, ropa). En la década anterior, esos flujos superaron los 60.000 millones de dólares, seis veces más que la inversión extranjera directa recibida por la República Dominicana. El dinero, subrayaba, llega prioritariamente a los hogares más pobres, que entonces representaban más del 45 % de la población.

Apoyándose en los factores de productividad de Timothy Taylor (capital humano, capital financiero, fuerza laboral y tecnología) y en la visión postindustrial de Daniel Bell sobre los recursos humanos calificados, Pérez Espinosa argumentaba que la diáspora ya poseía tres de los cuatro elementos clave: un numeroso contingente de estudiantes de primera y segunda generación —especialmente en el corredor Nueva York-Nueva Jersey-Connecticut y Nueva Inglaterra—, competencias tecnológicas avanzadas (alrededor del 90 % de los miembros de primera y segunda generación) y recursos financieros significativos.

Impactos múltiples y potencial desaprovechado

El análisis identifica consecuencias concretas en varios ámbitos. En lo económico, la diáspora actúa como estabilizador del consumo de los sectores más vulnerables y como fuente de recursos externos muy superior a la inversión extranjera directa, aunque su potencial permanece subutilizado. En lo político y electoral, los votantes del exterior ya representaban entonces cerca del 6 % del padrón; el autor proyectaba un crecimiento acelerado hasta superar los 600.000 en 2016, los 700.000 en 2020 y, posiblemente, el millón en 2024, lo que podría resultar decisivo en elecciones presidenciales. Recordaba, además, que dos de los tres presidentes históricos del PLD —Juan Bosch y Leonel Fernández— habían vivido como miembros de la diáspora.

En el terreno del capital humano y el desarrollo, las tuberías de estudiantes, la competencia tecnológica y la capacidad financiera podrían movilizarse para el progreso nacional si el Estado crea mecanismos efectivos de integración. Culturalmente, insistía en la necesidad de preservar hábitos, costumbres e intereses compartidos a través de las generaciones; de lo contrario, el vínculo transnacional se debilita.

En declaraciones paralelas, Pérez Espinosa propuso el reconocimiento institucional dentro del PLD: un escaño dedicado en el Comité Político para un representante de la diáspora. Argumentaba que esta medida modernizaría el partido, incorporaría una perspectiva externa a la toma de decisiones, mejoraría la comunicación con los militantes en el exterior y reconocería el peso demográfico, económico e histórico de esa comunidad.

Un llamado a la voluntad política

La conclusión del autor es clara: el futuro de la diáspora y el de la República Dominicana están inextricablemente unidos. El Estado debe innovar, crear mecanismos duraderos de integración, preservar los lazos culturales intergeneracionales y aprovechar deliberadamente los recursos financieros, humanos y tecnológicos de la diáspora en beneficio de los sectores más pobres. Sin esa capacidad y voluntad política, el potencial de desarrollo del país permanece limitado. La diáspora, en su visión, no es una comunidad periférica, sino un componente esencial y subaprovechado de la nación misma.

Aunque el análisis refleja la perspectiva de 2014, el posterior crecimiento de las remesas, de las estimaciones poblacionales y de la participación electoral de los dominicanos en el exterior ha reforzado la escala cuantitativa de los fenómenos que Pérez Espinosa destacó. El llamado cualitativo a una integración institucional más profunda sigue vigente en el debate público.

“Las remesas de la diáspora dominicana siguen siendo un pilar estructural de la economía en 2025-2026”, sostiene Emiliano Pérez Espinosa

Las remesas enviadas por la diáspora dominicana continúan consolidándose como uno de los principales motores de la economía del país en el bienio 2025-2026. Junto al turismo, representan una de las fuentes más importantes de divisas, impulsan el consumo de los hogares, contribuyen a la reducción de la pobreza y refuerzan la estabilidad externa. Sin embargo, también concentran riesgos, se destinan mayoritariamente al consumo y presentan vulnerabilidades emergentes.

La diáspora dominicana supera los 3 millones de personas (alrededor de 3,03 millones según datos de INDEX), lo que equivale a entre el 25 % y el 30 % de la población residente. Más de 2,5 millones viven en Estados Unidos (aproximadamente el 84 % del total), seguidos de España.

Según el Banco Central de la República Dominicana (BCRD), en 2024 las remesas alcanzaron los 10.756 millones de dólares, un incremento del 5,9 % interanual. En 2025 se registró un récord de 11.866 millones de dólares (+10,3 %), equivalentes a entre el 9 % y el 9,7 % del PIB y cerca del 25 % de los principales ingresos de divisas. En 2026, hasta agosto, ya suman 8.433 millones de dólares (+6,5 % interanual). En el primer semestre se recibieron unos 6.219 millones (+6,7 %), con picos mensuales que superan con frecuencia los 1.100 millones. Las proyecciones para el año completo oscilan entre 12.200 y 12.600 millones de dólares, con un crecimiento más moderado (entre 3,5 % y 6 %), influido en parte por el nuevo impuesto estadounidense del 1 % sobre ciertas transferencias.

Estados Unidos aporta entre el 80 % y el 85 % de los flujos formales, mientras que España representa entre el 6 % y el 7 %. A nivel interno, la concentración geográfica es elevada: el Distrito Nacional recibe cerca del 50 % de las remesas en periodos recientes, frente al 26 % que captaba en 2011.

Estas transferencias han superado en varios periodos los ingresos por turismo y la inversión extranjera directa, y actúan como estabilizador clave de las reservas internacionales y del tipo de cambio.

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