La última noche de Brisa Oriental, que Julián Oro Duro no olvidará

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El viento de la madrugada arrastraba un frío inusual por las calles de la urbanización Brisa Oriental VI. A esas horas, la periferia de la carretera de San Isidro suele sumirse en un letargo espeso, solo interrumpido por el rumor lejano de algún motor o el ladrar intermitente de los perros del vecindario. Nada en la fachada de aquella vivienda del municipio de Santo Domingo Este delataba que, tras sus paredes, el tiempo se había detenido de forma violenta, tiñendo de luto el hogar de uno de los rostros más entrañables del merengue popular dominicano.

Gilberto Julián Sarante Perdomo, conocido por el pueblo que bailó sus canciones como Julián Oro Duro, regresó a su casa entre la una y las dos de la madrugada de este lunes. La jornada había terminado, pero al cruzar el umbral, la habitual calidez de su hogar fue sustituida por una penumbra densa y sospechosa. Las luces estaban apagadas. El silencio no era el del descanso, sino el de la víspera de una tragedia.

Al dar los primeros pasos en la oscuridad, el artista de 58 años no tuvo tiempo de reaccionar. Fue emboscado por al menos dos siluetas que aguardaban agazapadas en las sombras. La violencia se desató de inmediato. Los intrusos arremetieron contra el músico con una ferocidad desmedida, concentrando los impactos en su rostro y cráneo. Los golpes, secos y certeros, le provocaron una hemorragia intracraneal que lo dejó desbocado en el suelo, despojado de sus pertenencias, de su dinero, de sus joyas y de su teléfono celular.

Sin embargo, el horror mayor ya se había consumado antes de su llegada. En otra estancia de la casa yacía el cuerpo sin vida de su compañera de mil batallas, Zeneida Socorro Castillo, de 60 años. La escena, descrita preliminarmente por los peritos médico-legales, hablaba de un ensañamiento desgarrador: la dama presentaba severos traumatismos craneofaciales y una herida penetrante de arma blanca en el lado izquierdo del cuello. Su vida se había extinguido en la soledad de un asalto que mutó en carnicería. Más tarde, los pasillos del Instituto Nacional de Ciencias Forenses (INACIF) recibirían sus restos para la realización de una autopsia completa, el frío protocolo que busca poner rigor científico a la barbarie.

Mientras el cuerpo de Zeneida era conducido a la morgue, las sirenas de emergencia rompían la quietud de la madrugada para trasladar de urgencia a Julián Oro Duro hacia un centro asistencial, identificándose la Plaza de la Salud como el destino donde los médicos batallaban por salvarle la vida. Una intervención quirúrgica de emergencia intentó contener los daños de la agresión cerebral. Su estado se reporta como delicado, un hilo de esperanza sostenido por la asistencia médica continua.

A las afueras de la vivienda, el vecindario despertó sumido en el desconcierto y el espanto. Con las primeras luces del día, comenzaron a tejerse las crónicas del horror. Voces cercanas a la familia, canalizadas en los medios por el exmanager Robert Sánchez, sugerían una hipótesis que añadía frialdad al crimen: los verdugos habrían llegado al sector desde la tarde del domingo, promediando las cinco o cinco y media de la tarde, a bordo de motocicletas. Según estos relatos no oficiales, los delincuentes habrían esperado pacientemente durante horas el momento idóneo para entrar, sometiendo a la pareja a una prolongada agonía que incluyó el cautiverio y el maniatamiento.

La Policía Nacional, bajo la estricta coordinación del Ministerio Público y con el despliegue de la Unidad de Homicidios de la Policía Forense, ha asumido el caso con cautela. Los peritos revisan minuciosamente cada rincón de la estructura, buscando huellas dactilares, analizando la forma de entrada de los criminales y recolectando los registros de las cámaras de seguridad de la zona para identificar las rutas de escape. Aunque las versiones de la premeditación corren con fuerza en los mentideros públicos, las autoridades insisten en que todas las líneas de investigación permanecen abiertas y que, de momento, no hay detenciones formales.

La noticia ha calado hondo en el corazón de la sociedad dominicana. Julián Oro Duro no es solo un artista de la música tropical; es el hermano del célebre salsero Yiyo Sarante y un hombre que, junto a Zeneida, había construido un proyecto de vida de largos años basado en la complicidad y el trabajo. El eco de la tragedia llegó hasta el Palacio Nacional, desde donde el presidente Luis Abinader manifestó públicamente su pesar a la familia, deseó la recuperación del merenguero y lanzó una dura advertencia a los perpetradores, instándolos a entregarse por las vías correspondientes porque, de lo contrario, «les va a ir peor».

Hoy, la música popular guarda un silencio sepulcral. Entre la incertidumbre médica y los pasillos forenses, Santo Domingo Este espera respuestas sobre una noche en la que la delincuencia entró sin permiso para apagar una vida y dejar a un artista suspendido entre la vida y la muerte.

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