“Ni guerra ni Paz” entre Irán y Estados Unidos: 170 días de disrupción mantienen al mundo en vilo energético

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El tráfico comercial se reduce a una fracción mínima mientras el petróleo se mantiene cerca de los 90-94 dólares y persiste el estancamiento “ni guerra ni paz” entre Irán y Estados Unidos

A mediados y finales de agosto de 2026, el Estrecho de Ormuz —el cuello de botella por el que normalmente transita cerca del 20 % del petróleo transportado por vía marítima y una parte sustancial del gas natural licuado (GNL) mundial— sigue prácticamente cerrado al comercio regular. Tras más de 170 días de disrupción mayor, el paso diario de buques se cuenta en dígitos de una sola cifra frente a la media precrisis de unos 130 barcos, según datos de seguimiento marítimo.

La crisis se inició con los ataques estadounidenses e israelíes contra objetivos iraníes a finales de febrero y principios de marzo de 2026. Irán respondió con minado, ataques a la navegación y exigencias de control o peajes sobre la vía. Los altos el fuego y memorandos de entendimiento han colapsado de forma repetida, dejando un escenario de actividad cinética intermitente y baja intensidad que se mantiene hasta hoy.

Impacto en los mercados y la economía global

Los flujos de petróleo y GNL a través de Ormuz han caído en algunos momentos más del 90 %. El Brent ha registrado picos por encima de los 100 dólares por barril y en las últimas semanas se mueve en el rango de 90-94 dólares. El encarecimiento se ha trasladado a combustibles, fertilizantes y alimentos, frenando las previsiones de crecimiento mundial, forzando el uso de reservas estratégicas (las estadounidenses se encuentran en mínimos de varias décadas) y golpeando con especial dureza a los países en desarrollo importadores de energía.

Navegación y comercio bajo presión extrema

Cientos de buques han quedado varados en distintos momentos. Las grandes navieras han redirigido o evitado la zona. Las primas de seguro de guerra se han multiplicado y una parte significativa del tráfico opera “a oscuras” (con el sistema AIS apagado). Las rutas y oleoductos alternativos no han logrado compensar la capacidad perdida. Se han registrado ataques a petroleros, incluidos algunos vinculados a ADNOC, daños a infraestructuras y bajas entre tripulaciones, además de riesgos secundarios en el Bab el-Mandeb por actividad hutí.

Irán también paga un alto precio: sus propias exportaciones se han visto gravemente afectadas por el contrabloqueo, las sanciones y los daños a instalaciones, con pérdidas económicas estimadas en decenas o cientos de miles de millones de dólares.

Un estancamiento estratégico

El resultado es un prolongado “ni guerra ni paz”. Las reaperturas parciales bajo escolta estadounidense o condiciones iraníes no han restaurado la normalidad. Teherán conserva capacidad para elevar costes e incertidumbre, aunque la presencia naval estadounidense y el tráfico clandestino han limitado su margen de maniobra. Los esfuerzos diplomáticos mediado por Omán han naufragado una y otra vez en las cuestiones de control del estrecho, sanciones y demandas mutuas.

La crisis ha puesto de manifiesto tanto el valor estratégico de Ormuz como sus límites prácticos como herramienta de presión: Irán puede infligir dolor económico global, pero el cierre sostenido también le perjudica y se enfrenta a la superioridad naval estadounidense y a las adaptaciones del mercado. La normalización completa parece lejana. Mientras no se logre un régimen de seguridad duradero —negociado o impuesto—, los precios energéticos elevados, la fragilidad de las cadenas de suministro y la inestabilidad regional seguirán dominando el panorama.

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