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El tablero político dominicano asiste a una nueva escenificación de sus viejos dramas dinásticos, donde los hilos del pasado intentan tejer el destino del mañana. Carlos Amarante Baret, hoy al frente del movimiento Avancemos tras su ruptura con el Partido de la Liberación Dominicana (PLD), ha alzado la voz a mediados de agosto de 2026 para trazar una profecía de cara a los comicios de 2028: el triunfo inevitable de Leonel Fernández y la Fuerza del Pueblo (FP).

En el relato de Amarante Baret, el escenario electoral se encamina hacia una catarsis impulsada por el descontento social. El gobierno del Partido Revolucionario Moderno (PRM) es retratado como una promesa incumplida, un paisaje de obras inconclusas, carestía y un sector agropecuario golpeado que empuja a la ciudadanía hacia el cansancio. Ante este vacío, el dirigente vaticina que la Fuerza del Pueblo no solo liderará la resistencia, sino que podría sellar una victoria en primera vuelta. Esta gesta se consolidaría mediante el fenómeno del “voto útil”, una corriente en la que las bases peledeístas, priorizando el cambio de rumbo del país sobre las siglas partidarias, cruzarían la frontera ideológica para respaldar a Fernández.
Sin embargo, toda profecía de redención exige identificar al artífice del cautiverio. Amarante Baret señala directamente a Danilo Medina como el principal obstáculo para la reunificación de la oposición, el guardián de los resentimientos heredados de la fractura histórica de 2019. Mientras las bases claman por la unidad para evitar la dispersión que facilitó el ascenso del oficialismo, la cúpula tradicional del PLD es acusada de mantener los cerrojos puestos, impidiendo la reconciliación de las dos grandes vertientes del espectro progresista.
A través de la estructura territorial de Avancemos, Amarante Baret busca transformar el discurso en fuerza colectiva, desafiando la inercia de un PLD que aún busca su rumbo en la reorganización. Su proclama ha encendido las plazas digitales, resonando con entusiasmo en los feudos de la Fuerza del Pueblo y despertando el escepticismo en las filas contrarias. Aunque el horizonte de 2028 permanece sujeto a los vaivenes de la economía, el rigor de las campañas y la impredecible voluntad popular, las palabras del exmilitante ya han cumplido su primer cometido literario y político: agitar las aguas del debate, elevar la moral de un bando y recordar que, en la alta política, las viejas cuentas pendientes siguen dictando las reglas del porvenir.
El eco de las palabras de Carlos Amarante Baret no tardó en transformarse en una tormenta digital, agitando con fuerza las aguas de X y Facebook. En el vasto territorio de las redes sociales, el discurso actuó como un catalizador que partió la opinión pública en dos bandos irreconciliables, avivando viejas hogueras políticas.
Por un lado, las plataformas se inundaron con la euforia desbordante de los simpatizantes de la Fuerza del Pueblo, quienes recibieron las declaraciones como una victoria anticipada y un soplo de viento fresco para su causa. En la acera de enfrente, el ambiente se tornó denso, dominado por el escepticismo cortante y la cautela de los sectores fieles al PLD, quienes miraban el anuncio con recelo. El nudo de la discusión digital no tardó en cerrarse en torno a dos grandes ejes: la evidente fragmentación de la oposición y la compleja, casi utópica, idea de una reunificación. De momento, la batalla se libra estrictamente en el terreno de las palabras, un escenario discursivo donde los clics y los caracteres miden las fuerzas de un mapa político en constante mutación. El pulso de esta historia sigue latiendo en cada pantalla.
