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En los últimos días de julio y los primeros de agosto de 2026, cuando el sol del Caribe aún quemaba con fuerza sobre las llanuras y las colinas de la Línea Noroeste, Leonel Fernández emprendió un recorrido que no era solo político: era una lenta y deliberada reconstrucción de vínculos. Desde Santiago, el expresidente y líder de Fuerza del Pueblo se adentró en las cuatro provincias de la frontera —Montecristi, Dajabón, Santiago Rodríguez y Valverde— como quien regresa a un territorio que conoce por sus heridas y sus promesas.

En Montecristi, entre Hatillo Palma, Villa Elisa y Villa Vásquez, se sentó con productores, comerciantes y empresarios. Escuchó. Recogió inquietudes sobre la producción nacional, la agricultura y las oportunidades que el campo aún espera. En Castañuelas y en el Batey Madre (Las Aguas) se celebraron juramentaciones. Hombres y mujeres que hasta hace poco militaban en el Partido Revolucionario Moderno o en el Partido de la Liberación Dominicana cruzaron el umbral y se incorporaron a las filas de Fuerza del Pueblo. Viade Escarfuller, antiguo dirigente del PRM en la zona de los bateyes, anunció que trabajaría por el regreso de Fernández en 2028. Exalcaldes, un exgobernador, antiguos candidatos al Senado y estructuras locales completaron el cuadro. Cada incorporación fue presentada como un golpe político, una fisura en el tejido del poder gobernante.
No se trataba solo de sumar nombres. Era la construcción de una narrativa: la de un partido que baja a escuchar a quienes producen, que convierte el descontento en organización y que siembra, en una región estratégica de frontera y comercio, la idea de una alternativa.
Mientras tanto, más al este, en el corazón del Cibao, Omar Fernández se movía con otra cadencia. La Expo Vega Real 2026 —trigésima edición, celebrada del 30 de julio al 2 de agosto en el La Vega Country Club— reunía a más de ciento cincuenta empresas, sabores, charlas y la presencia del gobierno. El senador del Distrito Nacional, hijo de Leonel, recorrió los pasillos de la Cámara de Comercio y Producción de La Vega. Conversó con emprendedores y con productores de hortalizas orientales. No era su primera visita a la provincia. Ya en 2025 había socializado allí su agenda legislativa «Más para RD»: alivio fiscal para las MIPYME, eliminación de anticipos, inversión de la diáspora, academias deportivas, generación de empleo. La Vega, ligada a su sangre materna por el lado de Jarabacoa, volvía a ser territorio de diálogo.
Así, padre e hijo tejían una misma estrategia con hilos distintos. Uno fortalecía la estructura territorial en la frontera noroeste; el otro cultivaba relaciones con los sectores productivos del Cibao. Ambos miraban hacia 2028. Ambos apostaban a que la escucha local y el crecimiento organizativo pudieran convertirse, con el tiempo, en fuerza electoral.
Por ahora, los efectos son los de toda siembra reciente: visibilidad, energía interna, una sensación de movimiento. Las consecuencias más profundas —si estas nuevas afiliaciones se consolidan, si el discurso productivo se traduce en propuesta creíble, si el descontento se convierte en voto— aún no se han escrito. Solo el tiempo, y la perseverancia, dirán si estos pasos por Montecristi y La Vega fueron el comienzo de algo mayor o apenas el eco de una campaña anticipada.