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La lucha contra el crimen no puede ignorar el Estado de derecho: el recordatorio de la Defensoría del Pueblo ante la ofensiva contra la delincuencia

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SANTO DOMINGO – En un momento de creciente presión social por la seguridad ciudadana, la advertencia es clara y contundente: combatir la delincuencia nunca debe traducirse en la vulneración del marco legal ni de los derechos humanos. Así lo establece Miguel Puello, segundo suplente del Defensor del Pueblo, quien analiza el impacto y los límites institucionales que deben regir la persecución criminal en la República Dominicana tras los recientes pronunciamientos del Ejecutivo.

El impacto de la retórica oficial en las instituciones

Las recientes directrices del presidente Luis Abinader, orientadas a perseguir activamente a los prófugos de la justicia, reflejan la profunda indignación del mandatario ante un dato alarmante: cerca del 80% de quienes cometen homicidios acumulan múltiples órdenes de arresto pendientes. Sin embargo, este llamado no debe interpretarse bajo ninguna circunstancia como un cheque en blanco para pasar por alto la Constitución, las leyes locales o los tratados internacionales vigentes.

La consigna presidencial de “o se entrega, o se busca” expone una cruda realidad sobre la ineficacia acumulada en los órganos de persecución del delito. A pesar de esto, las expresiones políticas no sustituyen el debido proceso legal que ampara a cada ciudadano dentro de un sistema democrático.

Consecuencias inmediatas para los agentes del orden y la justicia

La postura institucional fija consecuencias directas y estrictas para los actores del sistema judicial y de seguridad nacional:

Conclusiones: El desafío de un Estado democrático

La principal conclusión que se desprende de este análisis es que la efectividad en la captura de los delincuentes no puede medirse a costa del desmantelamiento de las garantías constitucionales. En un verdadero Estado social y democrático de derecho, el Gobierno es el primer responsable de salvaguardar la vida y la dignidad de las personas. La seguridad pública y el respeto absoluto a los derechos humanos no son objetivos opuestos, sino las dos caras de una misma moneda institucional.


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