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Santo Domingo. — Hubo un tiempo en que la política dominicana se nutría de intelectuales que escribían libros y construían doctrinas. Hoy, los partidos buscan candidatos que dominen las redes, llenen tarimas y generen trending topics. El contraste entre figuras como Gonzalo Castillo —el empresario con perfil tecnócrata y candidato presidencial del PLD— y Santiago Matías, mejor conocido como Alofoke —el influyente de la cultura urbana y las plataformas digitales—, no es anecdótico. Es sintomático de una transformación profunda, quizá irreversible, en la forma en que se selecciona y ejerce el poder.
Este cambio no ocurre en el vacío. Los partidos responden a incentivos sociales. Si la sociedad premia ideas, sustancia y trayectoria, los líderes se adaptan. Si recompensa popularidad, virabilidad y capacidad de conectar emocionalmente con audiencias fragmentadas, eso es precisamente lo que surge. La oferta sigue a la demanda.
Del libro al algoritmo
La política dominicana siempre ha combinado clientelismo, personalismos fuertes y corrientes ideológicas. El PLD, por ejemplo, nació con raíces de izquierda y una élite intelectual, pero ha evolucionado hacia fórmulas más pragmáticas. Sin embargo, los escándalos de corrupción de administraciones recientes han erosionado la confianza en las élites tradicionales. En ese vacío, entran comunicadores que dominan el lenguaje de las calles, los barrios y las pantallas.
Alofoke representa un nuevo arquetipo: no proviene de think tanks ni de aulas universitarias, sino de la radio, las redes y la cultura popular. Su influencia sobre públicos jóvenes y urbanos es innegable. Castillo, en cambio, encarna el perfil del ejecutivo exitoso que promete gestión eficiente. Ambos ilustran extremos de un mismo fenómeno: la primacía de la imagen y la capacidad de narrar por encima de la profundidad doctrinal.
Este patrón no es exclusivo de República Dominicana. En todo el mundo, la fragmentación mediática y las economías de la atención han elevado a populistas comunicadores, celebridades y “outsiders” que dominan el arte de la viralidad. Las plataformas premian la emoción y la polarización más que el matiz y la política pública seria.
Luces y sombras de la nueva élite
¿Es esto una democratización saludable o una rebaja de estándares?
Entre los aspectos positivos está la ampliación de las vías de entrada a la política. Líderes mediáticos pueden movilizar a sectores antes desconectados, generar escrutinio rápido y priorizar el pragmatismo sobre rigideces ideológicas. En un país con presiones económicas, migración y complejas relaciones vecinales, la capacidad de conectar con la gente importa.
Pero los riesgos son evidentes:
- Gobernanza superficial: Habilidad para hacer campaña no garantiza competencia en la gestión del Estado, la planificación a largo plazo ni la resistencia al populismo cortoplacista.
- Polarización y desinformación: El poder se construye muchas veces en cámaras de eco y mediante estilos confrontativos.
- Pérdida de profundidad institucional: Cuando los partidos priorizan “ganadores” mediáticos sobre administradores competentes o pensadores éticos, la calidad técnica y la integridad sufren.
Al final, como señala el análisis, este fenómeno refleja a la propia sociedad. Los votos, los likes, las atenciones y los valores culturales son las señales que moldean a los líderes.
El espejo y la elección
Países con mejor educación cívica, instituciones independientes y alfabetización mediática tienden a filtrar mejor a sus élites. Donde las economías de atención mandan sin contrapesos, la calidad suele declinar.
República Dominicana enfrenta, de cara a los ciclos electorales venideros —incluido el 2028—, una encrucijada cultural. La solución no está en añorar nostálgicamente a los “doctores” de antaño, sino en exigir híbridos: comunicadores que también demuestren competencia, integridad y visión de Estado. Líderes capaces de usar los medios no solo para entretener o movilizar, sino para educar y persuadir con ideas serias.
La política siempre ha sido un espejo de la cultura que la produce. Si queremos líderes mejores, la sociedad debe cambiar las señales que envía: valorar la profundidad en el debate público, apoyar el periodismo independiente, fomentar el compromiso cívico más allá de los memes y premiar con el voto la seriedad sobre el espectáculo.
De lo contrario, seguiremos quejándonos de los líderes que nosotros mismos estamos seleccionando.